Te lo voy a decir claro.
La fisioterapia pediátrica debería ampliar su mirada más allá del sistema musculoesquelético.
Cada vez está más claro como el desarrollo motor, emocional y cognitivo de los niños no puede entenderse sin considerar su contexto biológico, sensorial y ambiental. En este marco integrador, el estado del intestino emerge como una pieza clave. Hoy te hablo de la disbiosis intestinal en niños y cómo este desequilibrio puede afectar profundamente su salud y desarrollo, y en concreto en temas tan curiosos como la marcha en puntas de pie.
El intestino: un órgano clave en el desarrollo infantil
La microbiota intestinal —el conjunto de microorganismos que habita nuestro intestino— cumple funciones fundamentales: participa en la digestión de nutrientes, regula el sistema inmunológico, protege frente a patógenos y se comunica de forma directa con el cerebro. De hecho, el eje intestino-cerebro es hoy uno de los temas más estudiados en el ámbito de la salud integral.
Durante la infancia, y especialmente en los primeros 1.000 días de vida, este ecosistema intestinal está en pleno desarrollo y es muy vulnerable a desequilibrios. Cuando la composición de la microbiota se altera, hablamos de disbiosis intestinal.
¿Qué causa la disbiosis intestinal en los niños?
La disbiosis puede tener múltiples orígenes, entre los que se destacan:
- Uso frecuente o prolongado de antibióticos.
- Parto por cesárea (sin exposición al canal vaginal materno).
- Ausencia o corta duración de la lactancia materna.
- Dietas pobres en fibra, frutas y verduras, y ricas en azúcares y ultraprocesados.
Estos factores pueden alterar la diversidad y función de las bacterias intestinales, generando un terreno propicio para la inflamación crónica de bajo grado.
Atención: estos factores pueden ser ya prenatales. Te recomiendo el capítulo “Factores prenatales de los trastornos del neurodesarrollo” en el libro que se está conviertiendo en un bestseller “Trastornos del neurodesarrollo” (Elsevier, 2025)
Síntomas que pueden alertarnos de una disbiosis
Aunque los signos digestivos suelen ser los más evidentes, la disbiosis puede manifestarse de formas muy variadas:
- Dolor abdominal frecuente, gases, hinchazón, estreñimiento o diarrea.
- Piel atópica, alergias, infecciones respiratorias recurrentes.
- Irritabilidad, ansiedad, alteraciones del sueño.
- Hipotonía, hiperactividad motora o dificultades en la planificación del movimiento.
- Cambios en el apetito o rechazo selectivo a ciertos alimentos.
- Y como te cuento en mi última masterclass: Caminar en puntas de pie
Como fisioterapeutas, estos síntomas pueden estar presentes en nuestros pacientes aunque el motivo de consulta sea motor.
Relación con el desarrollo neuromotor y sensorial
La microbiota intestinal produce y modula neurotransmisores clave como la serotonina, el GABA y la dopamina, todos ellos fundamentales para la regulación emocional y motora. En niños con disbiosis, puede observarse:
- Mayor reactividad sensorial (hiper o hiposensibilidad).
- Dificultad en la autorregulación y la atención.
- Problemas de equilibrio, coordinación o postural.
- Alteraciones del tono muscular (hipotonía, rigidez).
- Conexiones con trastornos como el TDAH, el autismo o los trastornos del desarrollo de la coordinación (TDC).
El intestino influye, por tanto, no solo en lo que el niño come, sino en cómo se mueve, cómo percibe y cómo responde al entorno.
¿Qué puede hacer un fisioterapeuta ante la disbiosis?
Aunque no somos los profesionales encargados de tratar directamente la disbiosis, sí tenemos un rol esencial en su detección temprana y en la educación a las familias.
Algunas acciones clave incluyen:
- Observar el comportamiento digestivo, emocional y motor de forma integrada.
- Preguntar activamente por la historia alimentaria y perinatal del niño.
- Explicar a las familias cómo el intestino puede estar implicado en síntomas motores.
- Trabajar de manera coordinada con nutricionistas, pediatras integrativos o gastroenterólogos pediátricos.
- Ajustar nuestras intervenciones considerando el nivel de energía, la tolerancia sensorial y la regulación emocional del niño.
Conclusión: hacia una fisioterapia más conectada con la salud global
La disbiosis intestinal en niños es un fenómeno cada vez más frecuente y con consecuencias que van mucho más allá del sistema digestivo. Como fisioterapeutas pediátricos, necesitamos integrar esta realidad en nuestras valoraciones e intervenciones, comprendiendo que el cuerpo no es un conjunto de sistemas aislados, sino una red interconectada.
Cuando ampliamos nuestra mirada, también ampliamos nuestro impacto terapéutico. Y eso, sin duda, marca la diferencia en el camino del desarrollo infantil.




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