En la consulta, hay niños que generan una sensación particular: “algo no encaja”.
Se mueven, juegan, incluso cumplen ciertos hitos, pero presentan dificultades sutiles:
◾ se tropiezan con frecuencia
◾ evitan determinadas posiciones
◾ parecen inestables o desorganizados
◾ les cuesta regularse
A menudo, estos casos generan frustración, porque el abordaje clásico no alcanza a
explicar —ni a resolver— lo que está ocurriendo.
Aquí es donde entran en juego los llamados “sistemas invisibles”.
Uno de los más relevantes es el sistema vestibular, encargado de procesar la
información relacionada con el equilibrio, el movimiento y la orientación en el espacio.
Su influencia es profunda: participa en la organización postural, en la coordinación, en
la estabilidad visual e incluso en la regulación del sistema nervioso.
Cuando este sistema no funciona de manera integrada, el niño puede:
◾ moverse mucho pero sin organización
◾ evitar movimientos que desafían su equilibrio
◾ presentar torpeza o inseguridad
◾ tener dificultades en la planificación motora
Y lo más importante: estos signos no siempre son evidentes a primera vista.
Esto explica por qué, en muchos casos, aumentar la cantidad de ejercicio o repetir
estímulos motores no genera cambios significativos.
El problema no es la falta de actividad, sino la falta de organización.
El desarrollo motor no depende únicamente de “hacer más”, sino de cómo el sistema
nervioso procesa, integra y utiliza la información.
Además, el sistema vestibular no actúa de forma aislada. Está en constante interacción
con otros sistemas sensoriales (propiocepción, visión), con la estructura corporal y con
la experiencia del niño. Es, en esencia, un nodo dentro de una red compleja.
Comprender esto cambia la intervención.
Ya no se trata de proponer más ejercicios, sino de diseñar experiencias que permitan al
sistema organizarse de manera progresiva y significativa.
Se trata de observar con mayor precisión, identificar qué está interfiriendo y acompañar
ese proceso de integración.
Porque, en definitiva:
el problema no es cuánto se mueve el niño, sino cómo se organiza ese
movimiento.




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