Una mirada integradora sobre el origen de la dislexia
“No entiende lo que lee”,
“Le cuesta muchísimo escribir”,
“Confunde letras… pero es muy inteligente.”
La dislexia aparece en consulta, en la escuela, en casa.
Y, aunque muchas veces se presenta como un problema escolar,
su raíz es mucho más profunda.
¿Y si no fuera un problema de lectura… sino de organización cerebral?
Un reciente artículo publicado en Progress in Brain Research (Giraud et al., 2024) explora el origen genético de la dislexia, mostrando cómo ciertas regiones cerebrales ligadas al lenguaje no desarrollan una conectividad eficiente en muchos de estos niños, incluso cuando han tenido una exposición temprana rica a la lectura.
Es decir: aunque haya estimulación y experiencia, algunas áreas no logran activarse como deberían.
¿Y qué hace el cerebro cuando un área no se activa?
Aquí entra en juego la teoría de reorganización cerebral…
El jardín cerebral: cuando unas áreas invaden el espacio de otras
David Eagleman, neurocientífico y divulgador, plantea una metáfora potente:
el cerebro es como un jardín en el que todo el espacio se aprovecha.
Cuando una zona no recibe suficiente input o conectividad,
las áreas cercanas invaden ese territorio no reclamado.
Es una forma de eficiencia biológica, pero también de compensación.
Esto explica, por ejemplo, por qué algunas personas con ceguera desarrollan una corteza visual que procesa sonido o tacto.
Y en dislexia, ¿podría estar ocurriendo algo similar?
Genética… ¿y plasticidad?
El artículo de Giraud y colaboradores habla de una predisposición genética.
Pero no de una condena irreversible.
Desde la Teoría de Selección de Grupos Neuronales de Hadders-Algra, sabemos que:
- El desarrollo cerebral es una combinación de variabilidad y selección funcional.
- Las experiencias moldean las conexiones… pero solo si el sistema está en condiciones de integrarlas.
- No todas las rutas posibles se consolidan: se seleccionan las que dan resultados funcionales.
Si las rutas fonológicas no se activan con suficiente eficacia, el cerebro puede reorganizarse hacia otras más visuales o motoras.
Y esto modifica la conectividad global, como señalan también estudios con neuroimagen.
¿Y qué dice la clínica?
Patrick Quercia, lleva años explorando la dislexia desde una mirada neurofuncional.
Sus estudios clínicos, aunque no tan difundidos en revistas de alto impacto, plantean una realidad observable:
- Alteraciones en la postura, el control oculomotor y el equilibrio son frecuentes en niños con dislexia.
- El sistema vestibular y el ocular modulan la atención espacial, la lateralidad y la coordinación visomotora.
- Intervenir desde lo sensorial y lo postural puede mejorar la disponibilidad del sistema nervioso para leer.
Y, aunque su enfoque requiere mayor validación científica, su correlación clínica con lo que vemos en consulta es clara.
La dislexia no es solo un problema de letras
Es un reflejo de cómo el cerebro se ha conectado… o no.
Y es también una llamada a los profesionales para:
- Mirar más allá de lo académico.
- Evaluar desde la sensorialidad, la postura y la integración hemisférica.
- Intervenir desde la organización neurosensorial y no solo desde la repetición fonológica.
Referencias científicas
- Giraud, A. L., et al. (2024). Dyslexia, brain structure and genetic vulnerability. Progress in Brain Research, https://doi.org/10.1016/j.pbr.2024.03.006
- Eagleman, D. (2020). Livewired: The Inside Story of the Ever-Changing Brain.
- Hadders-Algra, M. (2010). Variability and stereotypy of general movements in infants. Early Human Development.
- Quercia, P. (2021). Les troubles dys: une autre lecture, Éditions Quintessence.
En TMPI creemos que…
La lectura es una función compleja, y necesita una base neurosensorial sólida.
Antes de entrenar la lectura, hay que observar cómo el cuerpo se organiza para procesar el mundo.
Porque la lectura no empieza con las letras…
Empieza con la conexión entre cuerpo, movimiento y percepción.




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